martes, 28 de julio de 2015

EN SEPTIEMBRE: "CINE FANTÁSTICO Y DE TERROR ESPAÑOL"

A partir de septiembre verá la luz el primer volumen de un librito que hemos escrito entre unos cuantos amigos, compañeros y apasionados por el cine fantástico. Del texto de la contraportada: "El libro que el lector sostiene entre sus manos pretende dar cuenta de las particularidades concretas de una amplia selección de largometrajes pertenecientes al cine fantástico y de terror español con el objeto de reflejar las tensiones y contradicciones presentes en el seno de una producción de capital importancia para la industria fílmica española y el legado cultural de nuestro país. Al mismo tiempo, se aspira a dilucidar cuáles han sido las aportaciones de la cinematografía española al imaginario y la poética fantástica universal. Para ello, más de cuarenta autores examinan más de trescientos cincuenta títulos representativos de nuestro cine fantástico y de terror de manera individual, ubicando cada obra en su contexto histórico y pronunciándose sobre su valor artístico. Este volumen inicial abarca desde 1912 a 1983, fecha de irrupción de la conocida como “Ley Miró”. El segundo volumen comenzará a partir de 1984 y finalizará en 2015." Autores: José Abad, Manuel Aguilar, Roberto Alcover Oti, Ramón Alfonso, Gerard Alonso i Cassadó, Daniel Ausente, Carlos Benítez Serrano, Óscar Brox, Gerard Casau, Juan Manuel Corral, Carlos A. Cuéllar Alejandro, Carlos Díaz Maroto, José Ángel de Dios, Albert Galera, Roberto García-Ochoa Peces, Sergi Grau, Pablo Herranz, Rubén Higueras Flores, Montserrat Hormigos Vaquero, Diego L., Ramón Monedero, José Francisco Montero, Carlos Morcillo Mira, Marco Antonio Núñez Cantos, Rubén Pajarón Pereira, David G. Panadero, Israel Paredes Badía, Pilar Pedraza, Luis Pérez Ochando, Juan Andrés Pedrero Santos, David Pizarro, Javier Pulido, Hilario J. Rodríguez, Javier G. Romero, Montse Rovira Centellas, Ángel Sala, Diego Salgado, José Luis Salvador Estébenez, Adrián Sánchez, Jordi Sánchez-Navarro, Rubén Sánchez-Trigos, José Manuel Serrano Cueto, Carlos Tejeda, John Tones, Javier G. Trigales, Joaquín Vallet Rodrigo. (Texto de Rubén Higueras).

domingo, 28 de junio de 2015

ASALTO EN LA COMISARÍA DEL DISTRITO 13 (ASSAULT ON PRECINCT 13, 1976, JOHN CARPENTER)


El histórico conflicto entre árabes e israelíes por el control de los llamados Territorios Palestinos derivaba, en 1973, en una contundente respuesta de Siria y Egipto a esa constante hostilidad mutua entre ambos contendientes. El ataque conjunto de las dos naciones islámicas era lanzado el 6 de octubre de ese año, iniciándose la que fue llamada Guerra del Yom Kippur (en alusión a la festividad hebrea que se celebraba ese día). Tras varios intentos diplomáticos se resolvía la contienda. Pero el fin de los enfrentamientos armados iba a dejar paso a la utilización de la economía como arma de guerra. Algunos de los países árabes integrados en la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo) –Arabia Saudita, Irán, Irak, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Catar– decidieron intervenir más de lo que hasta entonces lo hacían en la industria petrolífera, revelándose contra el control de la compañías norteamericanas y británicas que explotaban sus yacimientos. En ese contexto los citados miembros de la OPEP redujeron la producción, incrementaron los precios y limitaron la exportación hacia aquellos países que apoyaron a Israel en su guerra contra los árabes durante aquel octubre de 1973.

Con la generosa ayuda de la nueva coyuntura creada por el abandono del patrón dólar-oro en 1971 y la devaluación de la moneda americana, el descalabro para los principales países desarrollados fue descomunal, dándose por terminado un período de relativa prosperidad que venía desde el final de la Segunda Guerra Mundial, para volver a caer de nuevo en una depresión económica (inflación, desempleo, reducción de la actividad general) que se extenderá más allá del final de la década con motivo de esa recaída que supuso la llamada segunda crisis del petróleo, iniciada en 1979 tras el advenimiento del ayatolá Jomeini y la posterior Guerra Irán-Irak.

El cine se ha ocupado con denodado interés de las consecuencias sociales más vistosas derivadas de la depresión económica ocasionada por la primera crisis del petróleo, especialmente de la degradación urbana –arquitectónica, social y de servicios– sufrida en las grandes ciudades de los Estados Unidos (Nueva York, Los Ángeles,...); y ahí están para demostrarlo cintas como El justiciero de la ciudad (Death Wish, 1974, Michael Winner), Taxi Driver (Taxi Driver, 1976, Martin Scorsese) o las maravillosas Asalto en la comisaría del distrito 13 (Assault on Precinct 13, 1976, John Carpenter) y Los amos de la noche (The Warriors, 1978, Walter Hill).

Ese es el contexto elegido por John Carpenter para dar sustento a éste su segundo largometraje tras Dark Star [tv: Estrella oscura; vd: Dark Star (Aluniza como puedas); dvd: Dark Star, 1974]; en este caso un thriller muy especial en virtud de la inyección de fantasmagoría y el tributo a glorias pasadas (Howard Hawks para más señas...) al que su director se entrega con entusiasmo y reverencia; precisamente aquellos elementos de los que carecerá el insípido remake Asalto al distrito 13 (Assault on Precinct 13, 2005, Jean-François Richet), cuyos responsables parece no entendieron nada, siendo incapaces de aprehender la particular atmósfera que consigue Mr. Carpenter y la carga mítica de sus personajes –tanto en su composición como en sus chispeantes diálogos–, ambas cosas esenciales en su película y que trascienden la mera anécdota argumental; único lugar común al que accede la cinta de Richet, demostrando una absoluta miopía y una total falta de sensibilidad y mínima perspicacia en relación con el verdadero motivo del éxito crítico de la extraordinaria película que trataban de emular.

Es habitual que los cineastas comiencen su carrera quemando todas las naves, poniendo el alma en ese primer logro y definiendo en el mismo aquello que les gustaría les caracterizará en el futuro; no es el caso de Carpenter con su Dark Star, pues pese a su convergencia genérica –el fantástico– con lo que sería la práctica totalidad de su filmografía, quizás fue la en cierto modo autoría compartida con Dan O´Bannon la causante de diluir en demasía su responsabilidad sobre la cinta. Infinitamente más representativa del cine de su autor que su ópera prima, en cambio, Asalto en la comisaría del distrito 13 tiene absolutamente todo aquello que define a Carpenter como cineasta, significando por otro lado un salto evolutivo que le lleva desde los márgenes del underground hasta una compostura mucho más ortodoxa respecto a los cánones del cine americano plenamente integrado en la industria –afán que siempre dirigió los pasos de Carpenter durante su carrera y sincera directriz que no le ahorró, por otro lado, algunos sobresaltos–. Con todo no sin que se respire cierta falta de asentamiento en esos estándares anhelados, derivada de la lógica frescura propia de la inexperiencia, de la falta de presupuesto y, por qué no, de cierta torpeza –en el mejor y más cariñoso sentido de la expresión–, ésta arraigada en el interés por la imitación de unas influencias a las que Carpenter nunca iba a renunciar. Es más, influencias de las que se siente muy orgulloso –cosa que todos sus incondicionales siempre le agradeceremos– y que se concretan de forma muy particular en su pasión por el cine de Howard Hawks. «Así, los elementos que se hicieron recurrentes en la filmografía hawksiana (la existencia de un grupo humano heterogéneo, a menudo con una mujer fuerte y decidida incluida, pero siempre con el liderazgo asumido por un individuo de sólido carácter, hombre de acción, fuerte e inteligente, de alguna manera superior al resto de sus compañeros por rango, experiencia o carisma; la cohesión del colectivo frente a una aventura o amenaza externa; la profesionalidad: el hacer lo que se debe, no lo que se quiere; la sustitución del romanticismo por una especie de atracción ineludible y franca entre hombre y mujer; la particular forma de jovial e irónico flirteo entre ambos sexos; la existencia de un personaje más simpático que humorístico, desdramatizador; la importancia de la amistad y la lealtad; la camaradería masculina; los diálogos pretendidamente brillantes, frenéticos y cargados de ironía) son asimilados como marca de la casa por parte de la obra de Carpenter»[1]; y todo ello, sin excepción alguna, está incluido en Asalto en la comisaría del distrito 13, a lo que habría que añadir una partitura de su propia autoría potente y atmosférica como pocas, al igual que la recurrente fusión de géneros (en este caso el thriller y el habitual en su filmografía western encubierto, condimentada esa mixtura con un liviano pero decidido toque fantástico que define la película y finalmente termina identificándola en su singularidad) y el clasicismo formal tras el que Carpenter, como siempre, esconde su nulo interés por el protagonismo exhibicionista. El futuro que vendrá después de esta cinta sólo constatará que en su seno están concentradas todas las constantes temáticas, la querencia por un tono muy particular y las preocupaciones estilísticas y filosóficas que componen su autoría. Definitivamente dos cintas icónicas como Río Bravo (Rio Bravo, 1959, Howard Hawks) y La noche de los muertos vivientes (Night of the Livind Dead, 1968, George A. Romero) son las influencias temáticas y conceptuales más reconocibles en Asalto en la comisaría del distrito 13, constituyendo su presencia, a estos efectos, toda una declaración de intenciones respecto a lo que Carpenter significa como puente entre los últimos estertores del clasicismo americano y la revolucionaria reforma a partir de la cual debiera asumirse el inicio del cine fantástico moderno.

Una cabina de teléfonos –aislada e iluminada en el centro de un oscuro campo abierto– atrae el interés de todos los peligros que se encaminan hacia ella surgiendo de entre las sombras; las calles desiertas y desangeladas, arquitecturas ariscas que no se integran en un entorno sino que parecen sentirse oprimidas por el mismo; los fríos colores de una comisaría exenta de ornamento alguno en sus sucias paredes, cuya vejez parece esconder cientos de historias; la atmosférica y desvaída definición de la imagen, premonitoria de la pronta llegada de un mal sueño; ese aparcamiento casi mágico donde los vehículos utilizados como parapeto vuelven misteriosamente a su lugar, donde los cuerpos de los caídos desaparecen como por arte de magia; las sombras frenéticas e impersonales de los asaltantes moviéndose entre los arbustos; traicioneras balas que llegan sin avisar, disparadas desde armas con silenciador; la desesperación de unos patrulleros que avisados de tiroteos en la zona no encuentran rastro del mismo durante su ronda; la quietud de un pasillo en el sótano que, como El Álamo, servirá de último refugio donde zafarse de un acoso implacable, el sosiego que se transformará en un infierno; ventanas, puertas y trampillas de las que surgen incombustibles los acechantes maleantes, dotados de una insistencia y ubicuidad propia de las cucarachas o de las ratas: todos, paisajes desnudos y decorados minimalistas que el director registra con su cámara para obligar al espectador a poner toda su atención sobre los personajes, cuyo carisma diluye el fondo en que se mueven en una suerte de abstracción fantasmagórica, fruto de una decisión estilística meditada que determina el conjunto y lo eleva para siempre a los altares.

El fondo urbano que vemos tras el teniente Bishop (Austin Stoker), mientras éste recorre en coche el espacio que separa su casa de la comisaría en que prestará un servicio muy especial –un establecimiento a punto de ser abandonado por traslado–, es el de un suburbio típico de Los Ángeles una ciudad con enclaves estéticamente espantosos, por mucho glamour que inspire su mención–, con sus sencillas casas blancas de una planta donde (sobre)vive gente humilde, con porche y jardín trasero –en su caso, un lugar donde amontonar la chatarra más que un foro de recreo–, separadas unas de otras por polvorientos descampados invadidos por las malas hierbas, insertas en una hostil (falta de) planificación urbanística donde basta cruzar la puerta del hogar en dirección a la calle para encontrarse perdido en medio de la jungla más salvaje, a merced de las fieras.

¡Y qué personajes! Darwin Joston es el presidiario Napoleon Wilson, precursor de los Snake Plissken, R. J. MacReady, Jack Burton (los tres Kurt Russell), Jack Crow (James Woods) o James “Desolation” Williams (Ice Cube) que llenarían poco a poco de iconos toda la filmografía del director; cada uno de ellos con un matiz que les personaliza, pero al fin y al cabo variaciones de una misma tipología/mitología. Un Napoleon Wilson cuya historia pasada terminaremos por no conocer, pese a que todos los personajes con los que se cruza le manifiestan su curiosidad por el motivo de su apelativo, a quienes él siempre pide un cigarrillo como justa contraprestación; un globo sonda que lanza para testear la respuesta de aquel que tiene delante. Para Wilson, quien, como él mismo dice, ya había perdido todo su tiempo en el momento de nacer, la aventura en la que participa esa noche en el interior de la comisaría servirá como un viaje iniciático espiritual, que no físico, donde su desengaño con el género humano se tornará en sorpresa y esperanza, donde se sentirá admirado y valorado, incluso deseado; como muy bien delata su expresión cuando descubre en Bishop la posibilidad de haber encontrado un futuro y sincero amigo, así  como encuentra en Leigh (Laurie Zimmer) lo más cercano a una posible media naranja de lo que nunca intuyó en nadie. Por el lado de “los malos”, como no, destaca ese Frank Doubleday (luego el estremecedor Romero de 1997: rescate en Nueva York (Escape from New York, 1981), el glacial asesino de niñas protagonista de una escena muda que tiene (sólo un) poco que envidiar al sensacional inicio, también silente, de Río Bravo; personaje extremo y sobreactuado hasta lo grotesco al que un padre desesperado acabará quitando de en medio, pasando luego el destrozado progenitor a convertirse, como consecuencia de su justa venganza, en el Macguffin que encenderá la mecha de toda la trama. Una motivación –la reparación de la muerte de su hija– que el espectador conoce bien, pero que nunca el resto de personajes llegará a descubrir.

Pensando que el motivo del asedio pudiera parecer desproporcionado o ininteligible para el espectador, Carpenter rodó el prólogo de la película sólo para explicar de forma más razonable el extremo comportamiento de las bandas callejeras que asedian la comisaría del distrito nueve[2] –que no del trece, como sorprendentemente reza el título–. En dicho prólogo los miembros armados de un gang son emboscados sin contemplaciones por la policía en lo que no parece sino una ejecución donde se sustituye con el rostro de los agentes fuera de plano –la cámara solo registra las manos de los policías efectuando los disparos– a la clásica capucha del verdugo más canónico. Ese será el verdadero motivo que despierte el Cholo decretado por los delincuentes. Pero no todo es desesperación, también hay un espacio para la aventura antes del episodio final; y ese porte aventurero lo define perfectamente la secuencia que, una vez iniciado el ataque y ya con todos los defensores bien armados, Carpenter edita de forma frenética  –acreditado como John T. Chance, el mismo nombre del personaje al que da vida John Wayne en Río Bravo–, uniendo los planos de cada uno de los integrantes del grupo asediado, sonrientes y excitados, cargando sus armas y disparando sin tregua. Hasta que la munición se acaba, llegan las bajas –la selección natural hace aquí su presencia– y sólo queda acudir a la única y última posible jugada con la que tratar de hacer surgir el milagro. Y el milagro y la caballería llegan. El trance terminará bien para los supervivientes: dos héroes y una heroína que, como espectros, emergen desde la niebla tras una refriega final y definitiva, renovados, reforzados y orgullosos del trabajo bien hecho; ¿o será el despertar desde el fondo de una pesadilla?
            
Juan Andrés Pedrero Santos


(Originalmente publicado en la revista SCIFIWORLD MAGAZINE)


[1] PEDRERO SANTOS, Juan Andrés: John Carpenter. Un clásico americano. T&B Editores (Madrid, 2013); págs. 32-33.
[2] Al comienzo de la película, mientras el teniente Bishop conduce hasta la comisaría y habla con su capitán por radio, identifica el lugar como la comisaría del “precinct nine, division thirteen”; o sea distrito nueve, división trece.

martes, 16 de junio de 2015

"EL PERRO DE BASKERVILLES" (The Hound of the Baskervilles, 1959, Terence Fisher)


La conocida novela de Arthur Conan Doyle “The Hound of the Baskervilles” –la tercera de su producción literaria dedicada al de Baker Street, obviando los relatos, publicada originalmente por entregas entre 1901 y 1902–, traducido su título al castellano como “El perro de los Baskerville” o “El sabueso de los Baskerville” –nótese la sutil diferencia con el título en castellano de la adaptación de Terence Fisher, que parece referirse al aristocrático apellido como si de una localidad se tratara–, ha contado a lo largo de los años con numerosas versiones cinematográficas y televisivas ya desde los tiempos del cine mudo, procedentes además de las más variopintas nacionalidades (Unión Soviética, Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Italia, Alemania, Australia, Francia,...). De todas ellas, indubitadamente, la más conocida, por méritos propios, es esta que Fisher dirigió en 1959 para Hammer Films, cuando aun estaban recientes los éxitos de sus aportaciones a personajes como Drácula y el monstruo de Frankenstein, y que llega a extremos donde ni siquiera se asomó otra de las adaptaciones anteriores con mayor pedigrí, “El perro de los Baskerville” (The Hound of the Baskervilles, 1939, Sidney Lanfield), donde Basil Rathbone daba vida por primera vez al intrépido detective en lo que luego iba a convertirse en un largo ciclo dedicado al  personaje. Aun siendo, stricto sensu, una historia de cariz detectivesco –el protagonismo de Sherlock Holmes obliga–, “El perro de Baskerville” versión Fisher puede y debe ser integrada con todas las de la ley en el ciclo terrorífico que Hammer Films ofreció desde finales de los años cincuenta, inaugurado con “La maldición de Frankenstein” (The Curse of Frankenstein, 1957); ciclo con el que comparte momento de producción, atmósfera, constantes formales e incluso actores principales, por no decir, claro, que también equipo técnico.

Uno de los dúos protagonistas más eficaces de la historia del cine, como es el formado por Peter Cushing y Christopher Lee, quienes iban a quedar frente al público universalmente ligados a sus colaboraciones en el seno de la Hammer a partir de dar vida a iconos como Van Helsing y el doctor Frankenstein, el primero, y a Drácula, la momia y el monstruo de Frankenstein, el segundo, continuaban su emparejamiento en esta aventura holmesiana tan rica y sugerente por la gracia de Dios, o sea de Fisher. La estructura del guión de “El perro de Baskerville” mantiene la fórmula que las más afamadas muestras del ciclo de terror hammeriano habían compartido con éxito. Esto es, un prólogo contextualizador y climático, alejado en el tiempo del momento en que luego se desarrollará la trama principal, seguido de un impasse relajante tanto dramáticamente hablando como desde el punto de vista de que sirve para retratar el equilibrado contexto social, cultural y económico de unos personajes que no tardarán mucho en ver rota su confortable existencia. Se inicia después una sucesión de peripecias que, tras dar contenido a la mayor parte del metraje, dará paso a un clímax final, normalmente trepidante y liberador. Así sucede tanto en “La maldición de Frankenstein” como en “Drácula”, “La momia” o “La maldición del hombre lobo”, si mi memoria no me falla, aunque en el caso de “La maldición de Frankenstein” la historia comience por el final, siendo el prólogo una suerte de introducción a un gran flashback. Los ejemplos citados certifican con rotundidad la eficacia de esa estructura tan cercana a la clásica disposición de “presentación, desarrollo y desenlace” que tan ampliamente ha testado su conveniencia a lo largo de las décadas.

Pero no es ese el único formulismo que encontramos tanto en “El perro de Baskerville” como en el resto de sus compañeras de ciclo. Si podemos decir que Hammer Films funcionó durante aquella su época dorada como una verdadera factoría de hacer películas, en el sentido más industrial del término, es por que efectivamente, en muchos de los casos, se seguía un modelo, que adaptado convenientemente a la idiosincrasia de cada historia y a los personajes que la recorrían no dejaba nunca de mantener unas constantes recurrentes, a cuya relativa repetición casi nunca le dio la espalda el favor del público.  

El éxito, sin embargo, no iba a repetirse en esta incursión que Hammer hacía en el personaje creado por Conan Doyle, por lo que la continuidad que se pretendía –los diversos relatos y novelas con Holmes y Watson como protagonistas daban pie para ello– quedaba frustrada. Fisher, con independencia en este caso de la productora británica, sí aportaba posteriormente a su filmografía una nueva adaptación de la obra de Conan Doyle, “El collar de la muerte” (Sherlock Holmes und das Halsband des Todes, 1962), una coproducción entre Alemania, Francia e Italia donde precisamente iba a ser Christopher Lee quien diera vida al deductivo detective. Valga decir que Hammer, sobre todo por el apoyo de Fisher a dicha idea, también había valorado el que fuera Lee quien se hiciera con ese papel en “El perro de Baskerville”, pues pareciera que su físico y personalidad se adaptaba mejor al personaje que los de Cushing. El que la productora aun por aquel entonces no valorara lo suficiente la capacidad interpretativa de Lee y que Cushing luchara por llevarse el papel, como fiel seguidor de Holmes que era desde su infancia, fueron las circunstancias que se conjugaron para que finalmente nos regalara la magistral interpretación que conseguía. Un Sherlock Holmes el de Peter Cushing heredero de su previo Van Helsing, a quien el actor interpretó en “Drácula”, en la impetuosidad física, la determinación intelectual en la consecución de sus objetivos y cierta soberbia (tanto Van Helsing como Holmes pretenden que se sigan sus precisas e imperativas instrucciones al pie de la letra), no tanto en la gravedad del carácter del cazavampiros, que aquí se torna en aguda ironía.       

“El perro de Baskerville” comienza con un extrañamente tosco plano de acercamiento a una de las ventanas de la mansión de Sir Hugo Baskerville –la cámara, que no parece reposar de forma equilibrada sobre ningún trípode o estructura similar, ni disponer del buen pulso del operador, titubea en su enfoque–. A partir de ese punto conocemos la brutalidad y el sadismo con los que el aristócrata se entretiene; (des)gracias que aplauden sus amigotes y para las que se vale de sus súbditos, ya sean hombres o mujeres, como víctimas. La iluminación de esas escenas subraya el talante del noble británico –asimilando su figura directamente a la de un monstruo– sin necesidad de entrar en más detalles, e incluso dejando los efectos de sus abusos fuera de plano, con lo que acrecienta así la eficacia de lo narrado; tal cual luego seguirá haciendo Fisher, más avanzado el metraje, en alguna otra ocasión. La persecución a caballo por los páramos que hace Sir Hugo tras la joven huida, de la que pretendía abusar, termina, primero, con el asesinato de esta a manos de su perseguidor, acuchillada por una daga que tanto en su forma curvada como en el modo en que Hugo clava el arma en el cuerpo de la desdichada alcanza a constituirse en la cristalina metáfora de una violación en toda regla –la sexualidad en el cine de Fisher adquiere protagonismo casi siempre desde la evocación más que desde su exposición explícita–. Pero lo que parece ser un perro furioso –que intuimos desde un plano subjetivo– termina después con la vida del cruel asesino, iniciándose en ese instante la maldición que tendrán que sufrir los sucesores en el título de Sir Hugo. Este prólogo magistral, trepidante en su ritmo y expresivo en la caracterización de los hechos y sus protagonistas, ya fija los parámetros sobre los que se moverá el relato, más en términos de horror que de simple suspense, a lo que la fotografía en Technicolor de Jack Asher (operador de buena parte de los grandes títulos de la Hammer) –similar a la de las mejores películas del ciclo de terror de la productora–, la música de James Bernard que tanto evoca a la compuesta para su previo “Drácula” (Dracula, 1958) y la genuina atmósfera de pesadilla que envuelve las secuencias nocturnas dejarán paso a la presentación de Sherlock Holmes (Cushing) y el doctor Watson (André Morell) como aquellos que serán los principales protagonistas de la función.

Será el gusto por las emociones y la aventura lo que hará abandonar a los famosos detectives londinenses su confortable y aburguesada vida, para mezclarse en una serie de excitantes y peligrosas –aunque voluntarias– tribulaciones. Aunque no son nobles, Holmes y Watson representan a una burguesía británica –fruto de la industrialización del siglo XIX y del potencial económico adquirido por ese nuevo mundo económico– que sustituirá en parte o complementará en su representatividad dentro del statu quo a la auténtica aristocracia inglesa. Desde ese punto de vista, tanto unos como otros, apresados en la aparente seguridad de su bienestar y en la protección en la que se amparaba su posición social, demostrarían cierto gusto por el hedonismo y el lujo –recordemos el famoso “Hellfire Club”, que institucionalizó esa tendencia–; en definitiva, suspirarán por algo que traslade a sus vidas, de forma ficticia incluso, la inquietud y la problemática que sí sufrían o disfrutaban las clases menos pudientes. Ese poso que bien demostraba Sir Hugo con su brutal comportamiento, aunque dulcificado, sería una herencia que contaminará a la clasista sociedad británica según la retrata Fisher en la película. Incluso el mismísimo Holmes trata con displicencia e irrespetuosa exigencia al personal de servicio de Sir Henry Baskerville (Christopher Lee), sin siquiera haber tenido un contacto previo con el mayordomo y la ama de llaves que diera pie a tomarse esas confianzas. Sir Henry, por su parte, aunque aparentando respeto por sus vecinos pobres (Cecile y su padre, los Stapleton), esconde un interés sexual por la joven que delata en como se vale para conseguir su objetivo más en la superioridad que le aporta su elevado linaje que en lo que sería el sentimiento puesto en una futura posible relación entre iguales.

Así, las estancias victorianas en las que pasan sus momentos de asueto la pareja de detectives, bien protegidas del clima exterior, primorosamente decoradas e iluminadas, así como ambientadas con el olor del tabaco de pipa, dejan paso a los fríos y brumosos páramos, a las abadías en ruinas, reflejo decadente de tiempos más luminosos, donde peligrosos presos fugados, arenas movedizas y maldiciones ancestrales perturban el amparo y la comodidad de la posición de ambos en la urbe. Un cambio que para ellos es tan solo una aventura, a la que acceden con el fin de sacar de paseo, de tanto en cuanto, su adormecida adrenalina. Sin embargo, los habitantes autóctonos son mostrados como portadores de secretos (el ama de llaves esconde que el preso fugado es su hermano, Stapleton que es un descendiente bastardo de Sir Hugo), siniestros ellos (la mano palmeada de Stapleton le aporta cierto cariz diabólico), nada virtuosas ellas (Cecile se muestra entre insolente y provocadora con Sir Henry); eso sin hablar de las aviesas intenciones que padre e hija esconden y que serán finalmente reveladas. La diferencia de clases, tan británica como la propia Hammer, permanece como paisaje social en el fondo de todo el relato. Es más, la causa misma del drama que se expone en el mismo no es otra cosa que una especie de venganza de clase, ya sin un motivo real cuando es a los sucesores del tirano, inocentes por tanto, contra quienes se pretende atentar. Contradictorio es, además, que esa venganza de clase tenga como último objetivo el hacer valer, precisamente, la sangre aristocrática que Stapleton lleva en sus venas como descendiente ilegítimo del depravado Sir Hugo.

Quizás lo más sugerente, el traicionero páramo funciona como territorio simbólico y virtual, donde todo vale, como un lugar de encuentro donde se pierden las formas, donde priman los instintos, donde los odios y las pasiones campan a sus anchas, donde no ejerce su influencia la comodidad de la vida civilizada, donde todo y todos se muestran tal y como son, ausentes del maquillaje de la educación, la pertenencia a una clase social o la socialización ¿necesaria? para la ficticia vida en comunidad. Del mismo modo, alejado de ser una simple presencia ineludible en la intriga detectivesca propuesta por Conan Doyle en el original literario, el monstruoso sabueso responde en manos de Terence Fisher –como sucedía con su Drácula, con su doctor Frankenstein o con su hombre lobo– a una forma alegórica con la que expresar todo lo negativo que una sociedad y sus ciudadanos llevan en su interior, una especie de “MacGuffin” sobre el que hacer recaer el soporte de unas ideas no tan superficiales ni anecdóticas, sino tan de peso como muchas de aquellas que el mejor cine de Fisher –entre el que esta cinta se encuentra– se empeñó en repetir una y otra vez.  

Juan Andrés Pedrero Santos

Publicado originalmente en la revista SCIFIWORLD MAGAZINE

miércoles, 20 de mayo de 2015

NOCTURNA, Festival internacional de cine fantástico de Madrid

La semana que viene (25-31 de mayo de 2015) los madrileños tenemos una cita ineludible.


viernes, 15 de mayo de 2015

"CALLES DE FUEGO" (STREETS OF FIRE, 1984, WALTER HILL)



Walter Hill es un cineasta que será recordado por el primer tercio de su carrera, sin duda ninguna el mejor con diferencia y el que recoge su íntegra personalidad como autor, luego en parte perdida; Driver (The Driver, 1978), Los amos de la noche (The Warriors, 1979), Límite: 48 horas (48 Hrs., 1982) y Calles de fuego (Streets of Fire, 1984) serán las películas que harán que pase a la historia, no otras. Como en los buenos westerns, rebosantes están todas ellas de mitología; en su caso es una mitología en régimen de adopción por la que navegan sus historias, inmersas en un mundo habitado por personajes estoicos, outsiders, antihéroes y villanos. Sus protagonistas son individuos con un pasado del que uno intuye no deben sentirse muy orgullosos y con un futuro que tampoco se presenta prometedor. Ante esto el presente es lo único que les queda, sometidos como están a duras pruebas de desenlaces inciertos, a las que se enfrentan con las armas que tienen, confiando en que lo que hacen y el modo en que lo hacen es el único y pertinente rumbo a seguir. Aunque en cierta manera sus vidas y sus quehaceres están más cerca de la marginalidad o de la ilegalidad que de lo que se supone es la norma, las decisiones que toman respecto al problema que  se les plantea tienen mucho que ver con una idea moral de la justicia, y sobre esas premisas definen su forma de actuar. En cierta medida sus tribulaciones también son viajes iniciáticos, pues sus aventuras conllevan un viaje interior que les ratifica en lo que ya son a la vez que les modela, tras el cual verán reconocidos unos méritos que hasta entonces les eran negados. Son personajes que viven historias donde las relaciones entre los distintos individuos se plantean como un enfrentamiento muy masculino –visto desde el tópico– a partir del que lograrán que se acerquen posturas, que se desvele la honorabilidad de cada cual y, por el camino, se resuelvan intrigas e indefiniciones personales que hasta ese momento no estaban del todo claras. Un viaje que, en definitiva, les hace crecer.

Aunque Walter Hill ha dirigido tres westerns reales, Forajidos de leyenda (The Long Riders, 1980), Gerónimo, una leyenda (Geronimo: An American Legend, 1993) y Wild Bill (Wild Bill, 1995), se le han dado mucho mejor los westerns falsos, aquellos en los que se asume la mitología genérica como norma de funcionamiento, pese a que se sitúen en un tiempo y en un lugar diferentes a los generalmente aceptados para el género. Hill, de ese modo, rechaza la naturalidad y opta por la pose –ciñéndonos específicamente a esa parte de su filmografía, la más interesante, anterior a su incomprensible incursión en la comedia con El gran despilfarro (Brewster´s Millions, 1985)–, a cuyos fueros volverá de una manera más descafeinada con sus últimas incursiones en el thriller de acción. Se trata de la misma pose que siempre ha alimentado al western –ya sea el clásico o su deriva mediterránea–, donde el tipo duro, como la mujer del césar, no sólo tiene que serlo sino también parecerlo, y es esa una actitud que debe trascender tanto de su forma de hablar como de su forma de moverse o de su indumentaria. Como en la vida real, la pose es un código, una forma de adelantar al espectador quien es, como es y a qué se dedica aquel a quien se está observando o que busca ser mirado; además de hacernos intuir cual deberá ser su comportamiento ante cada situación. El código es una forma de comunicación, puede que no exenta de cierta violencia expresiva, por llamarlo de alguna manera, pues se obliga al receptor del mensaje, aun sin que éste busque ese objetivo, a darse por enterado de aquello que se le quiere transmitir. De algún modo esa exteriorización forzada de la información que contiene la pose funciona como advertencia, pero también como una forma de exhibicionismo. Cualquiera de los pandilleros de los diversos gangs de Los amos de la noche utiliza su indumentaria para sentirse íntimamente integrado en un grupo, así como para definirse externamente como miembro del mismo y, a su vez, para diferenciarse de los componentes del resto de tribus urbanas. La misma dinámica hace suya la banda de violentos rockers llamada “Los bombarderos”, liderada por un icónico Raven Shaddock (Willem Dafoe), quienes cumplen su función dentro de este western convertidos en el equivalente a una tribu de indios renegados. La presentación precisamente de Raven y de sus compinches al comienzo de Calles de fuego es un buen ejemplo de cómo también la narrativa cinematográfica puede utilizar la afectación como un concepto que transmite información, rotunda y precisa pero de una forma sintética. Mientras la cantante Ellen Aim (Diane Lane) está dando un multitudinario concierto, la forma ceremonial en la que llegan los motoristas, sus pantalones y cazadoras de cuero negro, su entrada en el local, el contraste de sus siluetas petrificadas –a contraluz, entre el humo y las sombras– respecto a los brazos en alto dando palmadas del resto de enardecidos asistentes al espectáculo, transmiten con su puesta en escena una riada de información y, además, componen una preciosa idea visual.

Calles de fuego, que se debe interpretar como un western urbano –de esos que tanto gustaban a John Carpenter–, como se suele decir para diferenciarlo del western de toda la vida, no es tampoco un musical en sentido estricto, pues no abraza sus códigos en ningún modo, pero sí aprovecha su argumento con estrella del rock de por medio para que el público disfrute de unas muy buenas canciones y actuaciones que enriquecen la estupenda y trepidante aventura que es la película. Un argumento que, como su forma de expresarse, también tiene mucho de western. Si tenemos en cuenta el esquema que defiende María Dolores Clemente Fernández en su estudio académico “El héroe del western. América vista por sí misma” –Editorial Complutense (Madrid, 2009), pág. 87–, encontramos en muchas de las grandes muestras del género una estructura dividida en cuatro partes muy bien diferenciadas: «1) daño; 2) persecución de los agresores; 3) reparación; 4) castigo de los malvados», que Hill repite aquí como lo hizo antes en Los amos de la noche y en Límite: 48 horas –sus otros dos mejores westerns encubiertos–, y que en todos los casos funciona como un reloj y es la base del buen ritmo que las caracteriza. Como otros western posteriores a la etapa más clásica de ese particular género –definitivamente debemos asumir que Calles de fuego pertenece al mismo– tiene mucho de crepuscular. Todo en ella indica que retrata el fin de una época dentro de ese mundo atemporal y anónimo que representa, donde ha habido cambios, donde ha habido guerras de las que los soldados ya vuelven, empero sin saber muy bien hacia donde ir –Tom Cody y McCoy (Amy Madigan) eran antes soldados, ahora cuerpos errantes–, donde el aspecto de las calles delata una economía del bienestar que conoció mejores momentos, como muy bien dibuja todo el diseño de producción.

Enmarcada en un tiempo y en un lugar indeterminados, a medio camino entre un escenario de ciencia ficción y el de la sociedad americana de los años cincuenta, a la que ostensiblemente alude gran parte del vestuario, de los vehículos, del mobiliario urbano y demás, el guión –también escrito por Walter Hill– nos cuenta el rapto de Ellen Aim (Diane Lane), una estrella del Rock & Roll, por parte de una banda de motoristas, cuyo único fin es que su cabecilla, Raven (Willem Dafoe), se divierta con ella una o dos semanas. Una de las admiradoras de la cantante llama a su hermano, Tom Cody (Michael Paré), un antiguo novio de la secuestrada –el arquetipo de chico guapo, duro y rebelde que siempre anda metiéndose en líos– para que intente rescatarla. Éste acepta la misión sin saber muy bien si lo que le motiva de ello son los diez mil dólares que le pagará el actual novio y manager de su ex (Rick Moranis) o por el amor hacia con quien antaño mantuvo una relación tan pasional como tormentosa. La misión: introducirse en el territorio de “Los Bombarderos”, entrar en su guarida a tiros, liberar a Ellen y salir de allí lo antes y lo más entero posible; luego, a esperar acontecimientos, seguro que nada agradables. Todo se complica cuando los egos de machos de Tom y Raven se encuentran, chocan y convierten el asunto en un tema personal entre los dos.

No existen en Calles de fuego grandes mensajes, más bien no hay ninguno, incluso es previsible en su devenir, pero sí hay una recreación directa de la intensidad vital de sus personajes, de sus vivencias más epidérmicas e íntimas, que son las verdaderamente importantes; y, sobre todo, mucha simpatía. Como el “Snake” Plissken de Carpenter en 1997: rescate en Nueva York o el “hombre sin nombre” de Leone, nuestro Tom Cody (un nombre que evoca al cine del oeste por los cuatro costados) será muy consciente de su marginalidad social, pero también lo será de una superioridad moral que, más que hacerle libre –pues precisamente su comportamiento suele llevarle entre rejas más que a ningún otro sitio– son un síntoma de su verdadera libertad. Algunos hablarían de un tono “en clave de cómic” para definir la poca profundidad dramática de Calles de fuego, al igual que de su supuesto adocenamiento plástico, al corresponderse muchas de sus imágenes con lo que podía verse en aquel boom del videoclip de los años ochenta –década a la que pertenece la cinta–; yo quiero interpretarlo como una necesidad de ser una digna hija de su tiempo.

Y no les falta razón, en parte, a aquellos si tomamos su idea para definir la estética que la cinta hace suya: la de videoclip, cosa que efectivamente son cada una de las actuaciones musicales a las que asistimos durante el metraje, sin tener necesidad alguna de verse integradas en el conjunto de la película para su perfecta comprensión. Tanto las elegantes actuaciones de Ellen Aim como las más salvajes del garito sede de “Los Bombarderos” no defraudan desde un punto de vista musical y escénico. Además sirven para identificar dos mundos distintos. Por un lado están las populosas veladas que ofrece la cantante protagonista de mano de su manager, en una sala de conciertos donde el público venera a quien trata como a una diosa, poniéndose a sus pies. Sin embargo, las actuaciones del menos engalanado “Torchy´s” muestran una actitud muy distinta de la relación entre el público y sus artistas. Por un lado vemos al sudoroso cantante de piezas mucho más hard que las que interpreta Aim, eso sí, en un ambiente más primario y genuino que el que frecuenta aquella, mientras una sexy bailarina encandila a una parroquia llena de tupés y cueros negros por doquier, una audiencia cuya admiración por los seductores movimientos de la gogó va por un camino muy diferente al que siguen los espectadores de la solista interpretada por Diane Lane.

Aunque hay evidentes ecos a Centauros del desierto (The Searchers, 1956, John Ford) en lo argumental –la tribu del jefe Cicatriz, casi en un tono de cine de terror, raptaba a una niña matando a sus padres y convirtiendo el rescate de ésta en el hilo conductor del resto de la trama–, no recoge de ella el dramatismo personal e intransferible de muchas obras de Ford. Por el contrario, el dramatis personae sí recoge el testigo de otro westerniano de pro, como es Howard Hawks, con el que tiene en común la existencia de un grupo heterogéneo, una misión común, la jovialidad –más que humor– siempre presente, y un final en el que dos personajes muy diferentes y casi incompatibles en cierto modo –Tom Cody, todo un rompecorazones, y una McCoy que se presume lesbiana según muchas claves implícitas–, tras varias vicisitudes compartidas, se ven unidos a la búsqueda de nuevas aventuras y de un futuro no por incierto menos cargado de buenas vibraciones. Tal cual les sucedía a  Rick (Humphrey Bogart) y al capitán Renault (Claude Rains) en la secuencia final de Casablanca (Casablanca, 1942. Michael Curtiz); una evocación que ya utilizó John Carpenter varias veces, como en el caso de Vampiros de John Carpenter (John Carpenter´s Vampires, 1998) y Fantasmas de Marte de John Carpenter (John Carpenter´s Ghosts of Mars, 2001).

Juan Andrés Pedrero Santos

(Texto originalmente publicado en SCIFIWORLD MAGAZINE)

martes, 28 de abril de 2015

EL ROJO EN LOS LABIOS (1971, HARRY KÜMEL)


Con total seguridad la condesa Elizabeth Bathory de Nadasdy es, obviando ese icono que representa el conde Drácula, el personaje vampírico más frecuentado por el cine. Su figura, nacida en esas brumas donde se pierde el límite entre la historia y la leyenda, tiene su origen en una condesa húngara nacida, según parece, en 1560 y casada con Férenc Nadasdy –el llamado “caballero negro de Hungría”–. Con cuna en una noble familia de Transilvania, el mismo lugar de procedencia que Vlad Tepes, el gobernante centroeuropeo que inspiró a Bram Stoker para crear su Drácula, se dice que al morir su marido, con motivo de los rigores de la vida militar, se “abandonó a los más lujuriosos placeres que una mujer puede conocer en brazos de otra, (...) se desprendió de sus últimas ataduras y, ayudada por sus criminales sicarios, se dedicó a raptar jovencitas, mujeres y niños. (...) Elizabeth Bathory creía que la sangre era el secreto definitivo para conservarse joven y hermosa y no vacilaba en torturar y asesinar a cientos de doncellas en cuyo líquido vital se bañaba al tiempo que sacrificaba niños en orgiásticos ritos satánicos”[1]. Si la parte fantástica del personaje creado por Stoker procede directamente de esa joya literaria escrita en 1897, es probable que la referida a esta noble europea proceda de las acusaciones realizadas por sus enemigos políticos contemporáneos con el fin de quitarla de en medio. No olvidemos que muchas de las acusaciones de brujería, en los tiempos en que era un grave delito penado con la muerte, procedían directamente de invenciones de quienes intentaban hacer un ajuste de cuentas por cualquier otro motivo contra la caída en desgracia. Como decía, no sabemos qué parte de leyenda y qué parte de realidad habrá en su historia tal como la ha contado el cine.

Aunque cierta inspiración en el personaje pudiera haber asumido la literatura más antigua, especialmente “Carmilla” de Sheridan Le Fanu, a diferencia del caso de Drácula, donde la novela de Stoker fue fundamental para la instauración del mito, las apariciones de la condesa en la literatura han sido más frecuentes durante las últimas décadas. Llama la atención que el personaje comience a vivir para el cine en el mismo inicio de los años 70, y especialmente con más dedicación en la cinematografía española, presente como está en ese hit del género en nuestro país y en buena parte de Europa que fue La noche de Walpurgis (1971, León Klimovsky), aunque renombrada como Wandesa Dárbula de Nadasdy en su interpretación por Patty Shepard, en El retorno de Walpurgis (Carlos Aured, 1973), en Ceremonia sangrienta (Jorge Grau, 1973) o en la más tardía El retorno del hombre lobo (Jacinto Molina, 1981), donde Paul Naschy/Jacinto Molina hacía un intento de alargar la vida del género en España tal y como él lo entendía; un género que no es que por entonces estuviera renqueante, sino directamente a punto de fallecer oficialmente, todo tras haber sido guionista de las cintas previas dirigidas por Klimovsky y Aured relacionadas más atrás. Antes de esa relativa densidad numérica en nuestro cine, la Bathory ya había hecho su aparición en la coproducción italogermana Necropolis (Franco Brocani, 1970) y en la conocida cinta de Hammer Film La condesa Drácula (Countess Dracula, 1971, Peter Sasdy), donde Ingrid Pitt es la condesa Elizabeth Nádasdy en una de aquellas incursiones en las que la productora británica puso especial énfasis en la introducción de un erotismo más explícito que aquel que siempre había atesorado como marca de la casa; un imprescindible y comprensible intento de renovar su producción dedicada al terror, dada la evidente necesidad de ofrecer algo nuevo que atrajera al aficionado a las taquillas en los años setenta. Caso aparte es el cine del nefasto Jean Rollin, que desde su ópera prima Le viol du vampire (1967) frecuentó sin cansancio aparente el dueto vampirismo-erotismo más que nadie, demostrando hasta qué límites se puede llegar intentando hacer cine sin conseguir más que bodrios inenarrables dignos de toda sospecha; así como la deriva de nuestro Jesús Franco, que degeneró hasta llegar a ese porno que cultivó con fruición, no sin antes dejar por el camino la singular, atractiva y desconcertante Las vampiras (también conocida como Vampiros Lesbos, 1971).

Esa por aquellos años frecuente presencia de la condesa Bathory en el cine coincidía con un tiempo histórico en que se vivía cierto aperturismo a los temas sexuales y eróticos, fruto de la “revolución sexual” previa de los años sesenta, con la mayor participación de las mujeres en el entorno laboral y la extensión del uso de la píldora anticonceptiva como deflagradores necesarios, que alejaban al sexo femenino de su tradicional concepción como madre, esposa y ama de casa. Todo ese novedoso contexto, como no, iba a verse reflejado en el cine de vampiros; un cine que –como la literatura dedicada a la misma temática– siempre tuvo a la sexualidad y al erotismo en su cadena genética. Algo en lo que ya profundizó como merecía el cine de la Hammer desde los mismos años en que iniciara sus pasos en el género con el revisionismo propio de la productora. Los nuevos usos iban a generalizarse en muchas cinematografías en su más común utilización, llegando incluso a extremos como los que ofrece José Ramón Larraz en Las hijas de Drácula (Vampyres, 1974) –con próximo remake a cargo de Víctor Matellano–, donde el festín sangriento y su relación directa con el sexo se practicaba ya sin ambages, sin sutileza alguna, pero siempre con la belleza y el morbo que a los varones (y doy por sentado que a algunas mujeres) aporta el mundo lésbico. Por su parte, el cine español durante nuestra edad de oro del cine fantástico, casi siempre en régimen de coproducción, aprovechaba la coyuntura mediante la utilización de las dobles versiones; la más casta para su estreno en un suelo patrio controlado todavía por la censura franquista, en cuyas escenas el erotismo explícito prácticamente se limitaba a la inclusión en el elenco de señoras de muy buen ver, vestidas con un más o menos escotado camisón, una relativa ligereza de cascos y todo aquello por lo que uno quisiera dejarse sugestionar; sin embargo, similares planos, ya dejando ver algo más de carnaza, eran insertados en el montaje, en sustitución de aquellos más pudorosos que veíamos aquí, en esas otras versiones destinadas a mercados cuya permisibilidad oficial era menos estrecha que la nuestra. De entre todas estas incursiones de la condesa Bathory en el cine es esta aportación del belga Harry Kümel una de las más interesantes y originales.
El rojo en los labios cuenta como Stefan y Valerie, unos apuestos recién casados que pretenden pasar su luna de miel en un tranquilo hotel, conocen a dos atractivas e hipnóticas mujeres que también parecen formar pareja. Una de ellas es la condesa Bathory (una magnética Delphine Seyrig), a quien el recepcionista del hotel recuerda haber conocido en ese mismo lugar hace cuarenta años, cuando él tan sólo era un botones y ella, increíblemente, tenía el mismo aspecto que en este segundo encuentro. Su acompañante es la también bella, sensual y aparentemente más joven Ilona. El contacto entre ambas parejas hará surgir automáticamente en la condesa un interés en sustituir a su actual partenaire con Valerie, todo con la aquiescencia de Ilona, que por su parte tratará, sin mucho esfuerzo, de seducir a Stefan. En ese contexto se desatará todo el poder de atracción de la condesa, que se revelará como un ser sofisticado, poderoso e irresistible, que perturbará la relación del matrimonio hasta romperlo. Se hecha en falta un mayor desarrollo o explicación de cual es el motivo por el que Stefan evita a toda costa presentar a su mujer ante su familia, sobre la que, a raíz de una conversación telefónica, parece tener algo que esconder, algo que queda como un decepcionante misterio sin resolver.      

El rojo en los labios es una aproximación diferente, valiente y original al mundo de los vampiros, sin colmillos, sin cruces, sin murciélagos, sin castillos, sin ataúdes,.. Una precursora de intentos posteriores que optaron por modernizar al personaje, actualizándolo e integrándolo en un mundo urbano y moderno; ahí tenemos El ansia (The Hunger, 1983, Tony Scott), Jóvenes Ocultos (The Lost Boys, 1987, Joel Schumacher), Los viajeros de la noche (Near Dark, 1987, Kathryn Bigelow), 30 días de oscuridad (30 Days of Night, 2007, David Slade) o Déjame entrar (Låt den rätte komma in, 2008, Tomas Alfredson) –luego con una versión americana producida en el 2010–. Tanto El ansía como Déjame entrar  heredan de El rojo en los labios algunos de sus elementos argumentales, pues en ambos casos el vampiro, femenino (o así…), intenta conseguir un nuevo acompañante capaz de ser convertido en digno escudero y amante a la altura de una vida inmortal. Con El ansia hay igualmente en común una evidente intención esteticista, más coherente y equilibrada en el caso de la cinta de Kümel, criticada como excesiva por muchos en la película de Scott. Sin embargo, no hay decadencia en El rojo en los labios, ni tristeza, ni melancolía; al contrario, se presenta la perversión casi como una virtud, como un privilegio, un motivo de alegría, capaz de liberar al hombre y a la mujer de las ataduras de la tradición y la cultura, convirtiéndolos en seres más vivos (valga el contrasentido) y más felices. Hacia esa concepción camina el predominio de la luz y la claridad cromática en perjuicio de la penumbra, que sólo se admite para las escenas de sexo, que son pocas, creo que únicamente dos. Precisamente eso es lo que más caracteriza a la película, la luminosidad de sus planos, que alcanza su punto álgido en una de las últimas indumentarias que luce Delphine Seyrig, un apretado vestido plateado que proyecta cegadores reflejos por doquier como conveniente representación de su descomunal atractivo. Algo cuyo significado no parecen haber tenido en cuenta los responsables del título con  que se estrenó en los Estados Unidos: Daughters of Darkness, cuando no es la oscuridad, para nada, aquello que se identifica con el visionado de la película.

Salvo algunos dislates tardíos en el metraje –esa capa draculiana de última hora o un final desconcertante y contradictorio, canónico respecto al género a pesar de que se entiende como un desprecio al equilibrio, a la coherencia y a la moderación previos, con el premio de no alcanzar nunca la redondez– Harry Kümel caligrafía una narración pausada, sensual, inteligente y elegante, dotada de un acompañamiento cromático muy estudiado y unas interpretaciones alineadas con un objetivo preciso –aunque esos detalles finales de la trama le hagan perder el norte en el último segundo–, con Delphine Seyrig como maestra de ceremonias y principal atractivo del reparto, sin seguir tradición o inercia algunas, recorriendo un camino que él mismo construye mientras hace caso omiso a cualquier condicionamiento genérico si obviamos, en el lado positivo, la incapacidad del vampiro para verse reflejado en los espejos –que se usa como una señal inequívoca de la condición vampírica de la condesa– o la peligrosidad del agua corriente –que adquiere una importancia clave en cierta escena–, y, ya en el lado negativo, los detalles finales que estropean toda la sugerencia previa, que echan tierra encima de lo que venía siendo una aportación diferente. Todas sus virtudes están del lado de la valentía, de la originalidad y de la más genuina creación que en términos generales dominan la propuesta, al igual que, justamente por la fuerza del contraste, es en la carencia puntual de esos atributos donde residen sus contados defectos. No hay sorpresas argumentales, ni siquiera complejidad dramática, pues la historia es bien simple y tampoco los personajes tienen gran profundidad, pero sí un intento muy interesante de dar una nueva visión, nada forzada, un punto de vista diferente dentro de una coherencia notable entre la novedosa estética y el planteamiento de la historia. Unos resultados muy diferentes a la previa de su director, la indigesta Malpertuis (1971), que pese a tener una concepción visual muy atractiva y personal desarrolla un relato críptico y aburrido hasta el hartazgo.
Fruto de la modestia de su presupuesto –como reconoce su autor en una entrevista realizada por Carlos Aguilar en el número cuatro, y último, de su ya legendario fanzine “Morpho”–, las desangeladas calles y el deshabitado hotel conforman un escenario de apariencia onírica, que focaliza toda la atención del espectador en los escasos personajes que habitan la película, que parecen vivir en un mundo donde no se mueve el tiempo, tal cual debe vivir la percepción del mismo la centenaria condesa. Sólo la presencia anecdótica de un ubicuo policía retirado, que trata de esclarecer la muerte de varias jóvenes de la región en extrañas circunstancias –nosotros sabemos bien quien es la culpable–, servirá de liviana conexión con la mundana trivialidad, muy en la línea de la función de semejantes personajes aparecidos en Las diabólicas (Les diaboliques, 1955, Henri-Georges Clouzot) o El exorcista (The Exorcist, 1973, William Friedkin), quien será oportunamente quitado de en medio por el atropello que sufre a manos de la condesa cuando aquel circula en bicicleta. Tal minimalismo redirige nuestra percepción hasta la abstracción, adoptando cada uno de los personajes una entidad categórica, arquetípica. La pareja de recién casados bien podría entonces asimilarse al matrimonio como institución, que tras su unión ceremonial viaja en ese tren –literal– que es la vida en pareja, acechada siempre por la amenaza del hedonismo más liberal, contrario por definición al compromiso mutuo adquirido entre marido y mujer. Un hedonismo que se personifica en la condesa Bathory, que –como buena vampira, sabedora de su función subversora– no cejará en sus embates hasta corromper el vínculo de por vida que significa el enlace matrimonial; mayor corruptela si cabe cuando el objeto de sus deseos es la mujer, y no el hombre, alterando de ese modo el orden natural de las cosas.   

                                                                                                                                                        Juan Andrés Pedrero Santos

(Publicado originalmente en la revista SCIFIWORLD MAGAZINE)

 





[1] NASCHY, Paul: Crónicas de las tinieblas. Edita: Jacinto Molina (Burgos, 1993); pág. 106.